CodipacChilpo noviembre 13, 2018

 

Mensaje de apertura de la Asamblea General de la CEM

Señores Cardenales,

Señor Nuncio Apostólico,

Señores Arzobispos y Obispos,

Señores Presbíteros,

Consagradas y Consagrados,

Hermanos Laicos:

“El tiempo es superior al espacio. Este principio permite trabajar a largo plazo, sin obsesionarse por resultados inmediatos. Ayuda a soportar con paciencia situaciones difíciles y adversas, o los cambios de planes que impone el dinamismo de la realidad”.

Con estas palabras el Papa Francisco colocaba en Evangelii Gaudium un principio fundamental para entender la realidad que nos toca vivir en el “cambio de época” y al interior de la vida de la Iglesia.

Parece un principio sociológico. De hecho, que “el tiempo es superior al espacio” significa que son más importantes los procesos que las posiciones, es más importante lo que se realiza gradualmente en el tiempo que los espacios de poder o de servicio que eventualmente se tienen.

Sin embargo, que “el tiempo es superior al espacio” es mucho más profundo que esto. Cuando en Amoris laetitia leemos cómo el Santo Padre explica la doctrina sobre la “gradualidad pastoral” de San Juan Pablo II, en el fondo también aparece este elemento: hay que tener paciencia con la obra que Dios hace al interior del alma de las personas y de los pueblos. La conversión es un proceso gradual y que requiere de tiempo, no es un logro definitivo que se da de una vez por todas. Por ello, ante los obstáculos y los problemas, de nada sirven los exabruptos ni las reacciones intempestivas. De nada sirve exigirlo todo y como de golpe. El hombre propone y Dios dispone, el hombre planea pero Dios gobierna la historia. Y nada se sale de su control providente.

He querido comenzar mi intervención en esta Asamblea Episcopal de esta manera porque en mi opinión este principio que también podría ser llamado “principio de paciencia”, “confianza en la Providencia divina”, o “certeza de que Dios actúa cuando y cómo quiere” nos puede ayudar a mirar tanto el trabajo realizado en la Conferencia Episcopal en el último trienio como los desafíos que tenemos de cara al futuro.

1. Cum Petro et sub Petro
Una primera cuestión que es preciso tomar en cuenta, es el proceso que vivimos al interior de la Iglesia universal. El Concilio Vaticano II se implementa poco a poco. Para muchos esto puede sonar extraño debido a la rapidez y al vértigo de los acontecimientos en el mundo contemporáneo. Sin embargo, todos aquí sabemos que las grandes reformas de la Iglesia no se logran de inmediato sino que se implementan lentamente. San Paulo VI, San Juan Pablo II, Benedicto XVI, y Francisco nos han guiado en el camino de implementación del Concilio. Más aún, a la luz de la fe sabemos que cada pontífice es un don providencial que Dios regala para cada momento de la historia. La fidelidad al Sucesor de Pedro, de esta manera, es fidelidad al don de Dios, aquí y ahora.

Por eso, no podemos sino lamentar cuando algún obispo desafía la autoridad del Santo Padre. En México, por gracia de Dios y protección de la Virgen Santa María de Guadalupe, no hemos tenido este tipo de experiencias. Sin embargo, es necesario advertir que no son nuestros méritos sino la gracia la que nos mantiene claros en la debida fidelidad afectiva y efectiva al Vicario de Cristo. Fidelidad a su persona, fidelidad a su Magisterio, fidelidad a sus prudentes orientaciones pastorales.

Toda nuestra caridad pastoral presupone la justicia. Por ello, en todas las Iglesias particulares estamos muy obligados a proceder, especialmente tratándose de los casos de abuso sexual, conforme a derecho y sin dilación, entendiendo que ningún miembro de la Iglesia se encuentra en una suerte de “paréntesis” respecto a las exigencias de justicia que brotan de la dignidad inalienable de la persona humana. La experiencia que obispos de otras Conferencias Episcopales han tenido en estas delicadas cuestiones en el pasado reciente nos deben servir a todos en lo individual, y a la Conferencia Episcopal en su conjunto, para no cometer errores que más pronto que tarde tienen además inmensas consecuencias pastorales en la fe del pueblo de Dios. El Papa ha sido el primero en afirmar con valentía la tolerancia cero ante estos crímenes.

Conviene a este respecto recordar que la Conferencia del Episcopado Mexicano ha aprobado durante este trienio las Líneas Guía del Procedimiento a Seguir en Casos de Abuso Sexual de Menores por Parte de Clérigos, y el Protocolo de Protección de Menores. Ambos documentos nos ofrecen criterios para la prevención y, en su caso, sanción canónica y penal en contra del eventual responsable de un crimen de esta naturaleza, brindando todo el apoyo y asistencia a la víctima y a su familia.

Pidamos con todo el corazón por el Santo Padre. Que el Señor le de fuerzas para proseguir en su ministerio y que encuentre siempre en nosotros, los obispos mexicanos, hombres dispuestos a vivir con alegría cum Petro et sub Petro. Pidamos por nuestras Iglesias particulares para que sean espacios libres de abuso en los que la verdad, la justicia y la confianza nunca sean defraudadas. Pidamos por la Iglesia universal, que como nos ha dicho recientemente el Papa, se encuentra bajo ataque por parte del gran acusador.

2. El año de la juventud
Uno de los sectores que más alta sensibilidad poseé respecto a las dificultades que vivimos como Iglesia en todos los temas, es la juventud. Las nuevas generaciones encarnan una nueva manera de sentir y de pensar, de hablar y de relacionarse. En el reciente Sínodo dedicado a Los Jóvenes, la Fe y el Discernimiento Vocacional se ha podido reflexionar con gran libertad sobre las expectativas que actualmente los jóvenes poseen sobre la Iglesia y sobre las esperanzas que la Iglesia también tiene respecto de los jóvenes.

Los obispos mexicanos que asistieron a este importante encuentro eclesial fueron: el Cardenal Carlos Aguiar, Arzobispo de la Ciudad de México; Mons. Juan Armando Pérez, Obispo auxiliar de Monterrey; Mons. Jorge Cuapio, Obispo auxiliar de Tlalnepantla; Mons. Héctor Luis Morales, Obispo de Netzahualcóyotl; y, Mons. Jaime Calderón, Obispo de Tapachula.

El Papa, si lo ve prudente, elaborará una Exhortación Postsinodal que discierna y recoja las cosas que se expresan en el documento final. Mientras eso sucede, el año de la juventud nos ha despertado a todos una nueva consciencia que no se debe apagar: es preciso escuchar a los más jóvenes, discernir los signos de los tiempos y animar a todos a recuperar una mirada de simpatía hacia la santidad. En el mensaje que los Padres sinodales dirigen a los jóvenes podemos encontrar unas palabras a las que tal vez todos debamos sumarnos:

Durante un mes hemos caminado juntamente con algunos de vosotros y con muchos otros unidos por la oración y el afecto. Deseamos continuar ahora el camino en cada lugar de la tierra donde el Señor Jesús nos envía como discípulos misioneros.

¿Por qué es importante esto para nosotros? Porque en cierto sentido nuestra atención a los jóvenes es nuestra apuesta por el presente y por el futuro. Porque ellos encarnan de manera especial el nuevo contexto cultural emergente. Porque la atención pastoral que brindemos a los jóvenes es un signo de cómo inculturamos el Evangelio de manera pertinente siguiendo el modelo que nos ofrece la Virgen de Guadalupe.

No hay mejor manera de implementar el Proyecto Global de Pastoral 2031-2033 de la Conferencia del Episcopado Mexicano que anunciando el Evangelio con nuevos métodos, nuevos lenguajes y nuevo ardor a los jóvenes de nuestra patria. Ellos, en el año 2031, serán la ofrenda que podremos entregar en las manos de María para que México resurja como una nación fuerte, próspera y fiel a su identidad y vocación.

Me alegra que en todas las diócesis de México se participó de distintas maneras en la preparación del sínodo de los jóvenes y en actividades que expresan la importancia del año de la juventud. Quiera Dios que a través de estas experiencias se nutra nuestra Iglesia con renovadas razones para la esperanza y para el compromiso cristiano.

3. El nuevo escenario político de México
En la pasada Asamblea General me atreví a comentar que una inmensa mayoría de los integrantes del padrón electoral eran jóvenes. Hace seis meses lográbamos entrever que un cambio profundo en la vida política de México se acercaba. Un nuevo perfil de votantes aunado a un hartazgo creciente ante la corrupción, la violencia y la injusticia parecían indicar que el pueblo mexicano buscaba una nueva alternativa de gobierno.

El resultado de las elecciones rebasó a la gran mayoría de los analistas. Un partido fundado hace cuatro años logró una importante mayoría en las cámaras, en diversos órdenes y niveles de gobierno e incluso la Presidencia de la República. A la luz del Evangelio y de la Doctrina social de la Iglesia tal concentración de poder requiere de un renovado “sistema de pesos y contrapesos”. Lamentablemente, no es un secreto para nadie que este “sistema” se encuentra gravemente debilitado. No sólo porque los partidos políticos aún se encuentran en un cierto pasmo post-electoral sino porque la sociedad civil organizada requiere de mayor organización, efectividad y presencia.

La palabra “Estado” se puede entender de dos maneras: como potestas civilis, es decir, como “gobierno”; y como civitas, es decir, como comunidad políticamente organizada. Hoy tenemos un gobierno con gran poder, pero una sociedad que en muchos ámbitos se encuentra herida, fracturada y frágil. En otras palabras, el Estado por un lado es fuerte y por otro lado es débil.

La Iglesia no tiene una misión político-partidista o político-gubernamental. Sin embargo, la Doctrina social nos enseña cómo fortalecer a nuestro pueblo para que no sea masa informe, para que sea una auténtica comunidad capaz de ser sujeto y no solo objeto del poder, para que ella misma vuelva a reconstruir su tejido social. Los principios de solidaridad, subsidiaridad, bien común y opción por los pobres son más vigentes que nunca.

En este escenario ¿cuál es nuestro papel como cristianos y como Pastores? Nuestra principal contribución al fortalecimiento de la sociedad en el actual contexto es “ser-Iglesia” al estilo de Jesús. Sí, las comunidades de discipulado misionero construyen a la Iglesia como comunión y a la sociedad como sujeto capaz de participación y reforma. En otras palabras, una Iglesia convertida y solidaria da frutos que inciden positivamente en la vida social. Para ello, es necesario que toda comunidad de discipulado misionero, especialmente si es integrada por fieles laicos, sea generadora de sociedad civil. Este no es un “salto” ilegítimo o infundado. Tenemos que aprender todos como Iglesia a ser sociedad responsable, creativa y crítica. Así la fe contribuirá a la edificación de una sociedad más justa y fraterna.

Al finalizar este periódo como Presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano puedo decir que durante el trienio que termina trabajamos todos los días en clave de “bien posible”, es decir, en nuestras relaciones con las distintas autoridades civiles buscamos siempre avanzar con prudencia y rectitud haciendo el bien que la circunstancia nos permitió lograr. No obtuvimos todo lo que hubieramos deseado. Sin embargo, nos sostuvimos firmes en el proceso y con rumbo claro.

En el futuro inmediato todos tendremos que renovar nuestros argumentos e ideas para hacer más comprensible la necesidad de respetar el derecho a la vida desde la concepción y hasta la muerte natural; tenemos que lograr que aún los no creyentes redescubran la verdad, el valor y la belleza del matrimonio heterosexual y la importancia de madurar en una cultura y una legislación de verdadero respeto y promoción del derecho humano a la libertad religiosa.

En el nuevo contexto político que tenemos, una nueva actitud de nosotros los obispos se requiere: respeto sincero a las autoridades legítimamente constituidas; colaboración en todos los temas comunes que podamos encontrar; y sana distancia para evitar cooptaciones indebidas que terminan lastimando tanto al Estado como a la Iglesia.

Una vez más es preciso decir que la Iglesia no busca ningún fuero especial. El Estado debe ser laico, es decir, no debe promover religión o irreligión alguna. Pero el Estado debe ser laico para que la sociedad sea tan religiosa como ella quiera ser. Esta es una gran tarea que tendremos que afrontar con máxima seriedad y competencia en los próximos años.

4. La sociedad y la Iglesia solidarias
No trabajamos desde un vacío de valores o desde una ausencia de experiencia religiosa en la sociedad. La fe de nuestro pueblo es aún palpable. La solidaridad social activa emerge de formas diversificadas.

En los últimos meses hemos vivido importantes hechos que evidencian esta realidad. Por ejemplo, el huracán “Willa” y la tormenta tropical “Vicente” asolaron los estados de Nayarit, Michoacán, Sonora, Sinaloa y Veracruz. La solidaridad de muchos creyentes nuevamente se hizo presente. Así mismo, fenómenos sociales sin precedentes aparecen con gran fuerza. Una inmensa caravana de migrantes es recibida en territorio nacional y los católicos mexicanos nos volcamos a la acogida y a la ayuda de nuestros hermanos centroamericanos en la medida de nuestras posibilidades. Finalmente, ante las declaraciones de algunos políticos que desean ampliar aún más las causales para el aborto, mermar la naturaleza del matrimonio entre hombre y mujer, o restringir algunas libertades fundamentales, muchos católicos y no-católicos se han manifestado bajo su propia responsabilidad en un mismo día para proclamar que el pueblo no está de acuerdo con antivalores y conductas criminales.

Todo esto muestra que existe un acervo religioso, ético y solidario en los mexicanos. Nosotros como pastores debemos fortalecerlo y hacerlo madurar. Mucho es lo que está en juego. Mucho es también lo que el Señor nos ha dado como don y responsabilidad.

El Proyecto Global de Pastoral 2031-2033 es una providencial guía para nuestras Iglesias particulares también en estos asuntos. Activémoslo con entusiasmo y demos gracias a Dios que logramos acordarlo y aprobarlo.

5. A modo de conclusión: pidamos perdón y demos gracias
Muchas otras cosas habría que decir y comentar. Como por ejemplo, reiterar nuestra solidaridad al Cardenal Norberto Rivera Carrera con motivo de la agresión acometida en su casa hace unos días.

En el informe que Mons. Alfonso Miranda entregará se podrá encontrar más información sobre asuntos que no tocamos en esta breve intervención, y por supuesto, quedamos a sus órdenes para cualquier ampliación que sea menester.

No quisiera terminar estas palabras que me permiten dirigirles, sin también aprovechar la ocasión para pedirles mis más sinceras disculpas por los límites y deficiencias que en mi ejercicio como Presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano puedan haber encontrado. Soy consciente de mi fragilidad y estoy muy agradecido por que en cada uno de ustedes he encontrado a un hermano que con espíritu colegial me ha ayudado de muchas maneras a cumplir con mi misión. Los logros y avances realizados en este trienio sin dudas son de ustedes.

Quiero agradecer muy especialmente el trabajo de Mons. Javier Navarro, de Mons. Alfonso Miranda, de Mons. Ramón Castro, de Mons. Carlos Garfias, de Mons. Sigifredo Noriega, y de todo el Consejo Permanente que con gran responsabilidad y fidelidad han laborado en sus distintas responsabilidades.

Muchas gracias a los obispos encargados de Comisiones y Dimensiones Episcopales que han animado la pastoral de la Iglesia en México. Muchas gracias a todos los que de manera más directa trabajaron en la elaboración del Proyecto Global de Pastoral 2031-2033.

Así mismo, quiero agradecer a los distintos organismos laicales que colaboran desde hace mucho con la Secretaría General en diversas responsabilidades de asesoría en materia de analísis social, comunicación y asuntos jurídicos. Agradezco también el testimonio profético que los consagrados y consagradas realizan al servicio de la Iglesia, y en muchas ocasiones, al servicio de la Conferencia Episcopal.

A todos, muchas gracias de corazón.

Les ruego me mantengan en sus oraciones. Les suplico pidan por mi conversión continua. Y yo, por mi parte, encomiendo a todos los obispos de nuestra nación a la poderosa intercesión de San Rafael Guízar y Valencia, a San Paulo VI y a San Oscar Arnulfo Romero, pastores extraordinarios que nos preceden en el itinerario de la fe. Que todos ellos, en compañía de Santa María de Guadalupe, nos permitan continuar anunciando el Evangelio con alegría y caminando como Iglesia con Esperanza.

¡Muchas gracias!

¡Amén!

Cardenal José Francisco Robles Ortega

Arzobispo de Guadalajara

Presidente

Conferencia del Episcopado Mexicano